La producción orgánica nace impulsada por el creciente interés mostrado por clientes y consumidores de todo el mundo, y reafirmado por productores y elaboradores, que exigen de los alimentos tres cualidades básicas: que su producción asegure su inocuidad, que se garantice el cuidado del medio ambiente y su sustentabilidad, y que su gestión productiva y comercial presente un marcado compromiso social. Estos principios se han plasmado en un mercado internacional de más de US$ 20.000 millones.
El vino argentino debe competir en un ambiente mundial donde se producen anualmente 258.000.000 de hectolitros y consumen 225.000.000, lo que nos indica que existe un excedente de 33.000.000 de hectolitros. Frente a esta realidad debemos potenciar su inserción en los mercados, pero nos enfrentamos a distintos panoramas.
A lo largo de la historia, y en función de la disponibilidad de los factores de la producción, cada país ha ido tomando una especialización en la producción de determinados productos. Así, el café era marca de Brasil y luego se extendió a Colombia, el azúcar patrimonio de Cuba, los bananos de Ecuador y las maquinarias de Alemania.
Una de las metas de la gran mayoría de los países es el aumento de sus exportaciones. Argentina no es extraña a este desafío, mas aún en la actualidad. El componente básico de nuestras exportaciones proviene del sector agropecuario y particularmente, del crecimiento sostenido, en volumen y precios, de los cereales y oleaginosas.
El consumidor de la Unión Europea (UE) transformó su paladar y se convirtió uno de los más exigentes compradores a la hora de elegir los productos que integrarán su vida cotidiana. Ahora, el mercado europeo demanda trazabilidad y privilegia los productos orgánicos y con valor agregado.