Sopla viento de cola desde el exterior, pero no alcanza para el ansiado y tantas veces postergado desarrollo. La Argentina necesita un cambio estructural que permita el surgimiento (y la consolidación) de empresas exportadoras con más valor agregado y capacidades tecnológicas. Si se mira el largo plazo, las exportaciones de la Argentina empiezan a caer en los años treinta, y hasta la década del ochenta las exportaciones por habitante caen. Desde entonces nos tropezamos con una gran sorpresa: el dinamismo de las exportaciones es notable con una tasa de crecimiento del 8% por año y esto nos permite en un contexto donde el mundo crece en forma muy acelerada que la Argentina mantenga la participación dentro del comercio mundial.

Esto fue una muy buena noticia desde la macroeconomía y tiene que ver con que conseguir las divisas nos permitió llegar a estos muy buenos resultados, con saldos comerciales positivos, cuenta corriente positiva. Por decirlo en términos muy sencillos, la crisis de 2001-2002 hubiera sido más difícil si no teníamos las divisas que generábamos vía exportaciones. Pero tuvimos también noticias distintas de las que esperábamos en términos de desarrollo. Se suponía que al estar en una economía abierta que generaba exportaciones, íbamos a tener justamente el desarrollo pero vivimos en la economía más volátil de toda América latina. Entre 1974 y 2006 tuvimos, de esos 32 años, 18 años de crecimiento y 14 años de caída del nivel de actividad.

No solamente importa que aumenten las exportaciones, si no cuál es la base del desarrollo de cualidades competitivas y la estructura de nuestra especialización, y si esto va a tener algún impacto en términos de desarrollo. Estos derrames y estas especialidades hacen a la capacidad de generar empleo formal. Recordemos que en treinta años la Argentina creció al 0,2% por año en Producto Bruto por habitante. Crecieron las exportaciones en un país estancado con volatilidad.

Desde la macroeconomía lo que importa es conseguir las divisas para cerrar las cuentas, y estas vienen de la venta de nuestros recursos naturales, y no solamente del agro, sino también de lo forestal, la energía, la pesca, la minería, etc., y de una política industrial muy clave en términos de toda la reestructuración de la industria de insumos básicos que fue pensado para un mercado doméstico dinámico cómo era antes. Y estas grandes industrias procesadoras de materias primas en grandes plantas de proceso -las mejores del mundo en agroindustria, petroquímica, aluminio, refinería de petróleo, la pasta de papel- nos dieron el segundo gran componente de divisas. Todo lo que no absorbía el mercado doméstico, lo colocaban en el mundo.

Además de estos dos sectores tenemos un 10% de exportaciones que nos demuestra que el país puede hacer otras cosas más complejas y sofisticadas, con innovación, diseño, calidad, marca y la utilización intensiva de mano de obra calificada. Todo esto es pequeño, el tema es por qué no se amplía y defina otro patrón de especialización. Cuando uno ve cómo hace Invap las cosas, o como se hacen las válvulas, o los vinos finos, son pocas sociedades de desarrollo intermedio que tienen la capacidad de generar esos modelos de organización de la producción. Lo que nos falta es cómo lo podemos difundir y que tenga más cuerpo.

Somos una economía exageradamente extranjerizada, y en los sectores más dinámicos y complejos, tenemos una creciente y muy alta participación de las filiales de las multinacionales, lo cual no es ni bueno ni malo, depende de la calidad de la cual participen. Tienen acceso a las mejores prácticas internacionales y que esos activos diferenciados están dentro de la estructura corporativa y que las filiales tienen justamente la capacidad de poder acceder. Y sin embargo nos encontramos lo mismo que en otros casos: se pueden contar algunas anécdotas de un fuerte desarrollo de capacidades tecnológicas endógenas, en un mundo muy complejo, donde la filial local está integrada a las cadenas globales de valor y se fragmenta la producción y en algunos casos también algunas áreas de investigación y desarrollo.

El caso paradigmático es Transax. Cuando uno ve que fabrica un millón de cajas de cambio en Córdoba, que es una de las mejores unidades productivas que tiene en toda su cadena de valor Volkswagen, un producto bastante complejo y sofisticado. Podemos encontrar otros diez casos, pero las trasnacionales son 500. El desafío es cómo se integran esas cadenas globales de valor, y se integran con productos más complejos y que produzcan más derrame.

Brasil

Dentro de esta economía que estaba en default, en crisis, y con un cambio de régimen económico con una profunda devaluación de activos, quienes aprovecharon el momento fue una docena de grandes empresas brasileras. Acá tenemos como actor nuevo, en algunas actividades como bienes de consumo masivo, y en donde hay share de participación muy fuerte, como en petróleo, en cerveza, en cemento, en frigorífico y en dos o tres segmentos claves de textiles. Se trata de una presencia muy fuerte de empresas brasileras, que están en su primera fase de internacionalización.

Respecto del Mercosur, llama la atención que todavía no esté en claro si vienen a tener ganancias de complementación y especialización y salidas a terceros mercados. Esto que nos puede obligar a pensar una microeconomía distinta en los procesos de integración. Con los ejemplos de las multinacionales que operan en la Argentina y Brasil, tenemos evidencias de que las acciones de este tipo son limitadas. Una de las fallas de todo el proceso de integración es que desde el punto de vista microeconómico podemos contabilizar más desafíos que no pudimos resolver, como esta cuestión de que las trasnacionales ganen economías de especialización, si YPF hubiera hecho una alianza con Petrobras y hubiéramos tenido una gran empresa petrolera del Mercosur, o que Embraer en su desarrollo de la capacidad aeronáutica -el grupo tecnológico más sofisticado de Brasil- la pregunta que uno se hace es por qué no hay proveedores argentinos cuando 15 años atrás la industria aeronáutica de la Argentina era notablemente superior a lo que era en Brasil, como YPF era muy superior a Petrobras. Tener estrategias desde la micro nos permite ganar muchas cosas que todos esperábamos cuando entrábamos a este proceso de integración regional.

Las exportaciones que tenemos en la Argentina son suficientes como para tener equilibrio en nuestra cuenta corriente y uno de nuestros gemelos hoy está funcionando bien. Pero también sabemos que no hay mucha oferta excedente. Hoy la Cancillería trabaja relativamente poco, porque a las empresas le sobra relativamente poco como para decir "tengo algo para vender y necesito mercados". Y la oferta productiva no se genera de un día para el otro. El desafío es generar la oferta exportable que vamos a necesitar dentro de 4 o 5 años, para que podamos mantener la consistencia macroeconómica, que es la condición suficiente, no necesaria para que podamos abordar temas de desarrollo.

El cambio estructural

¿Cómo generamos la oferta exportable? Debemos reconocer que la dinámica de cambio estructural es una tarea pendiente, en términos de que aparezcan nuevas empresas, nuevos sectores, nuevos proveedores especializados, que se vuelvan a integrar cadenas productivas, etc. Pensemos en los últimos 20 años de volatilidad: en la Argentina hay 400.000 empresas aproximadamente; ahora por suerte se crean más empresas que las que se destruyen, pero todavía estamos a un tercio de la creación de empresas de aquellos países que tienen mejor dinamismo. En los últimos 20, resulta difícil encontrar 10 o 15 empresas nuevas que se hayan creado en el país. Esto tiene que ver con las condiciones adversas que hubo para el desarrollo de la generación de riqueza dentro del aparato productivo.

Las exportaciones nos dan una buena noticia. Uno tiene que tener capacidades, pero si no hay demanda internacional, no pasa nada. Los cambios en la biotecnología de la soja pueden tener efectos notablemente positivos porque hay una demanda de soja espectacular. Por ahí se hicieron cambios también en la semilla del algodón pero esto no se nota en la medida que la demanda de algodón no tuvo el mismo comportamiento que tuvo la soja. Tenemos un contexto internacional que nos favorece, la Argentina tiene un proceso complejo, y tenemos capacidades, empresas y sectores, pero lo que tenemos es poco. Para ampliarlo hay que invertir, y ahora tenemos que hacerlo con nuestro propio ahorro, porque por ahora nadie nos va a financiar. Por Bernardo Kosacoff