Durante las próximas décadas el crecimiento de la población mundial irá en ascenso, sobre todo en la región de Asia y el Pacífico. Esto impactará en el consumo y en una mayor demanda de alimentos. En este contexto, la FAO estima que para el 2030 la oferta mundial de alimentos deberá incrementarse en un 75% y sólo para Asia oriental, este deberá ser del 100%. El crecimiento demográfico va acompañado por el singular crecimiento económico que experimenta la República Popular China en las últimas dos décadas, que junto al resto de los países asiáticos en desarrollo, modificó el escenario económico internacional y las reglas de juego en el marco de las negociaciones multilaterales, abriendo nuevas oportunidades comerciales, financieras, científicas y tecnológicas.
De la mano del desarrollo social y económico, el amplio mercado asiático se inscribe en la creciente tendencia internacional hacia la sofisticación del consumo. Dando así lugar a una demanda que se orienta cada vez más a productos naturales, frescos, con garantías de inocuidad y con atributos vinculados a la salud y a la satisfacción de necesidades simbólicas.
Esta situación permite visualizar un horizonte de promisorias posibilidades para nuestro sector exportador agroindustrial. Sumado esto a la tendencia de la sofisticación del consumo, desde la conocida "Declaración de Roma de 1996", en la que los Estados miembros de la FAO reafirmaron el derecho de toda persona a tener acceso a alimentos sanos y nutritivos. Esto, en consonancia con el derecho a una alimentación apropiada y con el derecho fundamental de toda persona a no padecer hambre.
De este modo, hay que preguntarnos cuál será el rol que desempeñará la Argentina, teniendo en cuenta las necesidades de la población mundial en el marco de este nuevo mapa económico, comercial y de consumo.
Nuestro país debe apuntar a la diversificación, ofertando alimentos diferenciados no solo por va riedad sino también por calidad, elaborando productos y subproductos inocuos, de alto valor nutricional y salubres.
En este sentido, Argentina cuenta con recursos naturales, técnicos y humanos más que suficientes para posicionarse como abastecedor de producciones de calidad. Además, las condiciones ecológicas de algunas regiones de nuestro territorio permiten producir con bajos o nulos insumos externos (plaguicidas, herbicidas y fertilizantes sintéticos), generando un valor agregado a la producción.
Si apuntamos a la diferenciación como estrategia de competitividad frente a las necesidades alimentarias de la población mundial, y a las características de consumo de los nuevos mercados, no debemos orientarnos solo a la producción y exportación de carnes, granos, hortalizas y frutas de alta calidad.
Debemos también mirar hacia al desarrollo de una línea de producción basada en la elaboración de productos de alto valor. Detectando e impulsando en cada región de nuestro país aquellas alternativas productivas que permitan satisfacer a estos mercados.
Tanto la inocuidad de los alimentos, el valor nutricional (en tanto aportes de energía y nutrientes), como los restantes atributos de valor (cualidades sensoriales y de composición de los productos que ligan la satisfacción alimentaria a tradiciones socio—culturales y a la convivencia con el medio ambiente), constituyen diferenciadores que se obtienen como resultado de numerosas condiciones y decisiones que se dan en cada eslabón de la cadena productiva.
Por lo tanto, la búsqueda de la calidad, como proceso dinámico y continuo, no podrá realizarse en forma aislada. Deberá ser el resultado de una acción colectiva, que deberá aplicarse a todo el sistema agroalimentario.
Si Argentina desea posicionarse como proveedor de productos alimenticios de calidad (y no como un mero proveedor de materias primas alimentarias), deberán estimularse iniciativas que se orienten hacia un modelo basado en nuestras ventajas competitivas. Con la mirada puesta en estos nuevos mercados, en iniciativas que se orienten a la investigación y al desarrollo, a la innovación y a la inversión.
Para fortalecer esta línea estratégica, el Estado y el capital privado deberán articularse y trabajar en forma conjunta. El primero apuntando al diseño, la formulación y aplicación de políticas públicas que estimulen el desarrollo productivo, y el segundo, realizando inversiones en infraestructura, bienes de capital, equipamientos e insumos.
Contamos con los recursos naturales, técnicos y humanos para satisfacer las necesidades de la estos nuevos mercados, ahora falta la decisión público—privada de aprovechar la oportunidad y afianzar así el papel argentino en la provisión de alimentos para un mundo que año tras año los demanda cada vez más.
Osvaldo Schvartzer
Fuente Diario Clarín
Argentina y su posicionamiento en las gondolas del mundo
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